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Gerson Gómez

La infraclase regiomontana

Nuevo León es, incomprensiblemente, ante todo pesimismo económico mexicano, el mejor consumidor de bienes y servicios del país. Por eso valoran en demasía, las cámaras de comercio estadunidense en la franja fronteriza de Texas, a donde los regiomontanos con aspiraciones de capitalismo salvaje, les encanta pasar los fines de semana y aprovechar las ventas de saldos en los outlets.

Increíblemente y en paz, la zona metropolitana de Monterrey paga la cuota más alta del transporte público. Los restaurantes, los abundantes y miles, de comidas rápidas, manejan precios estratosféricos, comparados con la capital del país, o los estados colindantes al altiplano.

Al ser una ciudad con gas entubado, quizá la única en el país, donde la comodidad se mide en el consumo, se está a merced del capricho de los inversionistas extranjeros españoles, quienes mañosamente han logrado amansar fantásticas ganancias para el negocio, bajo el argumento de cuota de distribución, siendo una forma vulgar y corriente de despojo al consumidor inocuo.

El regiomontano generalizado, con contadas excepciones, es apolítico e inculto, medroso al momento de externar opiniones, torpes, incapaces de librarse del yugo hedonista, con invisible conciencia de clase, aun en las épocas electorales, donde el dejo de sumisión le ciega el entendimiento.

Es lamentable, pues creemos en el reflejo de la felicidad como representación social en una carne asada o un partido de futbol soccer en donde envilecidos por el alcohol derribamos las barreras de la ingratitud: en la carne asada todos somos buena onda.

Olvidamos el flagelo de la delincuencia, como nos horroriza la violencia, los tapacalles de rostro cubierto y de vida en el abismo, los asaltos pormenorizados transmitidos por televisión, los robos flagrantes, la estúpida forma de manejar y la toma de los espacios públicos:  la impunidad nuestra de cada día.

Contrariamente a la ética premiamos al abusador con cargos notables, al plagiador de ideas ajenas, justificamos al fanático iluminado con tintes de líder de opinión otorgando las llaves de la urbe a la deidad.

Nuestras alforjas se han llenado de vicios exquisitos, con tal de acumular varias existencias en una sola. Vivimos con la sangre envenenada y la mala leche colérica de la venganza. Somos la infraclase regiomontana, los somos irremediablemente: el apocalipsis social puesto en marcha.    

Gerson

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