Gerson Gómez

Sep 20, 2019

El empresario comunista


Alberto Anaya es un visionario. Conoce como nadie de izquierda los entretelones de la política internacional.

Es sabio, paciente y prudente.

Desde los movimientos sociales de Tierra y Libertad, amalgamó la necesidad de los menesterosos con la conciencia de clase.

Les educó en su feudo. Para la formación de cuadros la participación efectiva de universitarios becados en las potencias socialistas.

A la vuelta a México, se les retuvo en la formación salinista más importante: el Partido del Trabajo.

Alberto Anaya jamás ha quedado mal parado. Incluso en los regímenes alternantes del PAN. Mucho menos con el PRI, con quien maneja un perfil próximo y de negociaciones.

El líder moral del Partido del Trabajo ya piensa en el relevo generacional. El fogueo incondicional de Asael Sepúlveda lo coloca en la antesala. Lo hizo con maestría en la Universidad Emiliano Zapata.

Alberto Anaya tiene ya lista la valija. La negociación con el presidente López Obrador lo llevará a trabajar dentro de la administración federal.

Dependerá de Marcelo Ebrard en Relaciones Exteriores. Su carta de destino lo espera al calce de aceptar la encomienda.

Kim Jae-ryong, presidente de Corea del Norte es su amigo personal desde hace años.

Alberto Anaya, embajador en una zona telúrica política internacional. Mientras ocurre, debe defenestrar, poner en jaque a su esposa, Lupita Rodríguez, diputada local por Nuevo León y directora nacional de los CENDIS.

Los cuáles serán en breve absorbidos por la federación, en su funcionamiento y en el organigrama.

Así la pareja fundadora del PT se marchará, no en un exilio, sino en un relevo generacional a tiempo.

 

 

Last modified on Jueves, 19 Septiembre 2019 23:07